jueves, 2 de mayo de 2013

Sobre HOY DEBUTA LA FINADA, de Patricia Zangaro



El viernes fui a ver HOY DEBUTA LA FINADA, de Patricia Zangaro, al Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815, 4816 4224, 4815 8883 al 6, int 121). Funciones Domingo - 21:00 hs
Jueves, Viernes y Sábado - 21:30 hs

Necro Maradona
Una década y media atrás, un director amigo me dijo que, para que el mito encontrara su estatura eterna, Maradona debía jugar un último partido con la casaca argentina, hacer un gol con su último aliento, y morir de un fulminante ataque al corazón. Tan sólo un par de días atrás, en un bellísimo programa de radio sobre teatro (click en damossala), comenté las afinidades entre el mito y el teatro -o, en un sentido amplio, entre el mito y la literatura; y más aún, entre el mito y la creatividad-. Recordando las palabras de aquel director, dije: “para que Maradona alcance la estatura de mito, le falta morir”.

El vínculo entre biografías y mitos tiene su frontera transformadora en la muerte, porque la muerte detiene aquello que es dinámico y temporal: el propio fluir inconcluso de la vida del personaje, que establece un vínculo dialéctico y constante con el receptor/constructor de su imagen. Demasiado bien lo saben las empresas comerciales que se arriesgan a contratar derechos de imagen de determinadas figuras públicas, deportistas y atletas: las multi que contrataron al ex-mito ciclístico mundial devenido “doppineta” Lance Arsmtrong todavía se quieren matar. Así las cosas, el enorme Mike Tyson, pocos años después de sus irreversibles combates, le mordisquea impotente una oreja a su rival, y el gran Chuck Berry, padre del rock, es sometido hace menos de un mes a la exhibición de su senilidad en una gira periférica por estas latitudes. Esto (ya) no le pasará al Che Guevara, no le pasará a Evita ni a Juan Domingo; ya no le sucede a Gatica, ni al morocho del Abasto; no hay más noticias sobre Pappo, Gilda o El Potro; Luca Prodan y Miguel Abuelo están detenidos en horizonte, y la decadencia, el desvío, el quiebre o lo inesperado no los tocan. La muerte detiene y elimina del tablero una de las grandes fuerzas en conflicto, que siempre complica todo: el individuo. Y transforma entonces su biografía en signo, en puro signo, lo que equivale, en palabras de Mijail Mijailovich Bajtín y Elsa Drucaroff, a la terrible arena del combate social.

En el conflictivo modo en que el mito se construye y se elabora (ahora sólo con palabras, sólo con imágenes, sólo con signos, si se quiere), la sociedad polemiza. Un antiguo amigo de la adolescencia, fanático de las maquetas, las historietas y el anti-kirschnerismo, lo explicitó de un modo contundente días atrás en un post de Facebook: sobre una imagen del Nestornauta (o Eternéstor -aún, creo, la amalgama no tiene un nombre fijado por el uso-), posteó unas palabras. La imagen ya es un desplazamiento, pero en su post sufriría otro: las manos del héroe cargaban bolsas de dinero y sobre su pecho se leía “El Lava-Nauta”. Sobre esa nueva transformación de imagen, el autor postea:

“Pensar que me gustaba el Eternauta... Estos me cagaron la imagen.... Aguante Juan Salvo y Martita... del "trucho K" y Sra mejor ni hablar...”

Como es notorio, Oesterheld y Néstor han transmutado sus propiedades, y son tanto o más “signo” que Juan Salvo y Martita: son pura arena de un combate que, cuando ya no es soportado por el discurso, se torna sangre.

Necroturgia
En septiembre de 2009 escribía en este mismo blog algunas reflexiones sobre el recurrente tema de la muerte en obras de la cartelera porteña (para completar la lectura, puede verse este link -click aquí-). Ahora, iniciando la temporada 2013, retomo el tema desde otro punto de vista. 

La muerte transforma en signos “cerrados” lo que estaba abierto al devenir; y así, lo que era diacrónico y sujeto a cambios y posicionamientos, es fijado y disputado. El teatro, que siempre es “en vivo” -y que, a diferencia de otras artes dramáticas, como el cine, no tolera  actores muertos en escena-, abreva permanente en mitos, biografías y muerte. “Hay que morirse para que te quieran”, parecen decir los personajes de Zangaro en “Hoy debuta la finada”. En manos de María José Gabín, esta obra de la postrimerías de los años ochenta resignifica la muerte como tema y quizás, como el Luis Cano de “Coquetos Carnavales” (click aquí), también como forma.

Síntesis argumental
Aferrados al pasado, cuarenta años después de la muerte de su mujer, Pascual y sus viejos compañeros de orquesta vuelven a encontrarse para hacer debutar a Rosita, la hija, como cantante. Pero el tiempo, ese lapso engañosamente vacío que parece haberse detenido, se volcará sobre ellos en caída lenta “...en su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”[1].

Los géneros muertos
La puesta en escena de María José Gabín arranca con una extraña procesión de muertos vivos, comentadores y corolario del retrato de “la finada”. La muerte omnipresente convoca a sus fantasmas, en forma de zombies. Está viva Rosita, con sus colores y sus lecturas de novelas rosa de los años cuarenta, casi detenida en el tiempo. Se sabe que tiene cuarenta años, pero se comporta como una niña en edad de merecer, aún esperando su polisémico “debut”. Los muertos se ubican en la platea, iluminados y disponibles para entrar en escena. Una explícita formalización de la muerte tiñe todo el rito teatral: lo que veremos en tanto representación no está del todo vivo; es un instante efímero de re-animación de aquello que se ha ido. Zangaro habla, al comentar esta primera obra de su producción dramatúrgica, sobre los géneros “populares argentinos”, y menciona el sainete, el grotesco y la tanguística. La popularidad de dichos géneros se remonta a la primera mitad del siglo pasado, mordiendo el tango la segunda, sobre el que se dice, una y otra vez, en boca de la protagonista: “el tango no me gusta”. Veremos qué desplazamientos suponen las fechas que evocamos.

Tempus fugit
La obra fue estrenada orginalmente en 1988, hace 25 años. El recurrente y central signo de los cuarenta años habla, justamente, de los años ‘40 del siglo XX. La finada murió hace cuarenta años, Rosita tiene cuarenta años. Es la distancia entre el ‘48 y el ‘88, la distancia entre el primer peronismo y las últimas imágenes del alfonsinismo. Cuarenta años esperando el debut de una finada, los muertos vuelven, disputándole o pretendiendo disputarle popularidad a la actualidad; pero la actualidad es el signo televisivo -hay una tele en escena y un concurso de talentos; es el fútbol -se mira un partido-, es el rock and roll -un viejo tanguero se corrió del tango en su boliche, y ahora pone rock, para bailar y dar clases, y se le llena. La fiesta renovada es imposible: a la noche del debut no viene nadie. Sabiamente, la dramaturga señala el vacío con su excepción: alguien vino, es un ciruja, y está perdido.

Y los muertos.

Pensado desde finales de los ochenta -el quiebre de aquella primavera alfonsinista, en plena democracia de la derrota-, los sentidos poderosos de la obra justifican sobradamente sus pergaminos (es, entre otras cosas, Primer Premio Municipal). Veinticinco años después, la renovada puesta de Gabín permite observar sus múltiples desplazamientos. El tango y la milonga de barrio, que en la postdictadura era sólo el nostálgico y biográfico recuerdo de los milongueros de antaño, sufre a finales de los noventa y, sobre todo, en la primera década del presente siglo, una enorme suerte de “revival” y resignificación. Buenos Aires se convierte en destino turístico tanguero, las milongas hacen de mojón al nuevo circuito, las clases de tango tango estallan, y una significativa cantidad de jóvenes sin ningún contacto biográfico con el tango (el tango aquel, el que fuera género popular hasta mediados de los sesenta) se vuelca al recorrido milonguero, que ya es otro. Bailar tango y encontrarse en la milonga, a estas alturas del tercer milenio en Buenos Aires, es un signo opuesto al de la obra original: puede, incluso, ser signo de pertenencia y sofisticación. Algo similar sucede con los certámenes de talentos televisivos. En la obra de 1988 aún estamos en tiempos de “Grandes Valores del Tango”, conducido por Silvio Soldán, y el gran programa de concursos de cantores era, quizás, ya una parodia: “Si lo sabe cante” (cante con Galán), porque el signo televisivo de la búsqueda de talentos siempre tuvo un tono farsesco. Faltaban todavía unos años para la explosión de la televisión por cable, de la irrupción de las señales internacionales, del reality y Operación Triunfo. El signo de un muchacho tosco, Virola, buscando en los pasillos de un canal de TV una oportunidad para mostrarse y triunfar, luego del “Cantando por un sueño”, cobra una dimensión inusitada.

Actuación genérica
La actuación comenta el gusto por los géneros, con una calidad envidiable. Claudio Martínez Bel es la muestra cabal de ese grotesco ya paródico. Todos componen hacia esa puesta en valor, comentada, distanciada, del grotesco, y el signo de los muertos ingresando a las gateras de la representación, le imprime a la actuación un gesto de actuación comentada, un señalamiento de estilo. Pero hay un momento en que la técnica se corre: Marcos Montes (Vitrola), comienza a cantar “El día que me quieras” a capella, estilizando el género Serenata -ella en su habitación, él, tímidamente y con “el debido respeto”, afuera-. Pero de a poco, la mano de la directora da rienda suelta a la disociación y el personaje, que ya no es personaje sino que es actor marcando su gesto, termina bailando “danza clásica”, con sus arabescos, pliegues y semi puntas, al tiempo que, inmutable, su máscara termina de cantar el mítico tango. Este corrimiento hacia otra tradición actoral se une, quizás demasiado puntualmente, al comentario que los muertos vivos hacen de los géneros que acometen.

El corazón de las tinieblas 
El conductor del programa de radio que mencionaba, sabiamente, corrigió mi postulado: el Maradona que era capaz de hacer esos goles, ya está muerto. Aquel jugador ya es mito: ha quedado al margen de lo que su avatar maduro pueda hacer, decir, negar. La muerte, a veces, es también una grave ruptura en una sola biografía, que quiebra su supuesta unidad. Las reflexiones de Elsa Drucaroff al respecto de la película “Quién Mató a Mariano Ferreyra” apuntan, sin cerrar el debate, en esta dirección -para leer el debate, click aquí.

Por lo demás, aquel director teatral con quien iniciamos el tema del mito y la muerte estuvo en el programa de radio una semana antes que yo, recordando viajes y anécdotas. Nadie mejor que él, quizás, para hablar de vida y corazones: hace poco su corazón se detuvo unos instantes, junto con el de todos nosotros. Hoy rebosa de vida. ¡Salud!
.
Bonus Track: El anti grotesco consciente
Dice Pascual, personaje: “Yo también quisiera sacarme el disfraz, pero uno se debe al público”.

Los muertos entierran a los muertos. No hay cómo quitarse el disfraz o dejar caer la máscara. Porque en su lugar se yergue la hipótesis siniestra: bajo la máscara, hay otra. Y otra. Y otra. Y otra más.






[1] James Joyce, The Dead (cuento).

jueves, 25 de abril de 2013

Sobre MIEMBRO DEL JURADO, de Roberto Perinelli



El sábado fui a ver MIEMBRO DEL JURADO, de Roberto Perinelli, al Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815, 4816 4224, 4815 8883 al 6, int 121). Funciones vie y sáb 19 hs, dom 18.30

Homo sapiens crudelis
Hacia el final de un capítulo de la bellísima serie documental sobre el planeta tierra
de la BBC, narrada por la amable y maravillada voz de David Attenborough, se muestra un numeroso grupo de chimpancés en la selva de Uganda yendo al combate contra otros de su misma especie por una disputa territorial. El grupo más numeroso, protagonista de la secuencia, rodea sigiloso a los invasores, que están demasiado concentrados en comer los higos de las copas de los árboles como para advertir el peligro. El ataque es feroz; los simpáticos chimpancés se tornan bestias feroces, capaces de destrozar rivales a golpes, zarpazos, tirones y mordeduras. La secuencia alude a una hembra que esquiva a último momento a varios atacantes y salva su vida de milagro. Y luego refiere el desdichado destino de un ejemplar más joven, que no pudo escapar. La imagen es familiar: cuatro o cinco chimpancés rodean a la víctima caída. Hasta ahí, el mundo animal. Incluso la animalidad humana contrastada: la imagen se parece demasiado a un grupo de barrabravas pateando y liquidando a un “enemigo territorial” en disturbios de tribuna. Pero hay un epílogo. Una vez restituido el silencio y  la calma, la cámara enfoca a uno de los chimpancés muy tranquilo masticando el ensangrentado omóplato de la víctima, quitándole el cuero y mordisqueando la carne, mientras otros hunden sus dedos en un pedazo de cráneo que aún tiene rostro. A espaldas del protagonista, en una soleada, bellísima rama de la copa de la selva, un compañero toca su brazo y le extiende su mano. El comensal lo mira como a un viejo amigo, chupa un pedacito más de chimpancé asesinado, y comparte el plato.

A pesar de las recientes discusiones sobre porcentajes -si es el 95%, si es el 97% de material genético compartido entre nosotros y ellos-, está claro que el chimpancé es nuestro pariente más cercano. El documental dice: “las disputas, incluso a muerte, por territorio son frecuentes y vitales en el mundo animal. No obstante, la ciencia aún no puede explicar por qué estos monos se comen a los caídos”.

Es probable que esa conducta animal inexplicable ya sea humana. “Miembro del jurado”, como antesala y ritual de violencia, explora esa zona desgarradoramente humana donde sólo nos queda, como refugio de nuestro propio horror, el grito y la oscuridad.  

Síntesis argumental
Simón, ex convicto recientemente liberado, espera en una oscura cerrajería de barrio el llamado de un desconocido “jefe” que le ofrecerá un trabajo. Mejía, dueño del taller y único contacto con el jefe, lo acompaña. La tensión va creciendo, solo atenuada por la música de las comparsas de carnaval que suben desde la calle. Pero quien llega a la cita no es quien el convicto esperaba.

Dinámicas de la dupla
“Miembro del jurado” es una complejo dramático compuesto por tres partes bien diferenciadas. Una primera, estructurada en lo que describiré como “dinámicas de la dupla”, con los personajes de Mejía y Simón en escena; una segunda, con el ingreso de Ester a escena, pero con un monólogo recortado de la interacción, y una parte de final, donde Ester se incorpora a la dupla, aún con la tensión de la forma monólogo, e interactúa y ejecuta la antesala de su ritual.

La primera parte es la más extensa y, a su modo, la más clásica en sus procedimientos; es la que más abreva en modelos dramáticos del manejo de la dupla. Presenta a los personajes y su locación, y enseguida los “encierra”: no podemos salir, porque está por llamar el jefe. Esa primera estructura, de tradición insigne, permite a su vez aludir al “jefe” misterioso, jugar con su identidad, incluso con la ambigüedad de su existencia. También permite la reposición de la “pre-historia”, es decir, de las circunstancias y la acción anteriores a la llegada de los personajes a escena; estructura que mantiene, además, una unidad de tiempo: un tiempo real, que hace coincidir el tiempo de la acción con el tiempo cronológico de la platea.

La dinámica de la dupla encerrada (no importa que sea “a puertas cerradas”, de alguna manera Vladimiro y Estragón, en medio de un campo, bajo un árbol, también están encerrados por la espera), permite ejecutar, además, rituales -hacer juegos, bailar, “matar” el tiempo, en un sentido metafórico y lúdico-. Permiten, a su vez, incentivar las distintas hipótesis sobre quiénes son, qué hacen allí, y qué se predisponen a hacer los personajes en escena. Y sobre todas las cosas, y esto el dramaturgo lo sabe muy bien, permiten poner en juego lo obligatorio de toda dupla escénica: el juego de poder, la disputa de quién domina, con su conocimiento, con su fuerza física, con su potencial de presión, al otro. Y a través de esa lucha, la escena termina reconstruyendo lo extra escénico, en tanto espacio (qué hay más allá) y en tanto tiempo (qué sucedió y qué esperamos entonces que suceda).


Dinámicas del monólogo
La segunda parte suspende esta dinámica. Mueve, con la incorporación de un procedimiento de otra estirpe, la dinámica de la causalidad escénica y del tiempo real (esto es: que todo lo dicho y hecho en escena tiene consecuencias dinámicas en escena, en tiempo natural). La notable Silvina Bosco, instrumento extraordinario para estos fines, acentúa el cambio, de la mano de la iluminación y de su ubicación en la puesta: en primer plano, con luz propia, de cara al público, Silvina ejecuta su primer monólogo. Esta segunda parte suspende la continuidad de la acción en su tiempo “corrido” y se detiene en la interioridad del nuevo personaje, explora la expresión de un mundo interior, siempre complejo, a través de la palabra y el cuerpo de la actriz. A su modo, también, la escena adquiere súbitamente un carácter tan lírico (tiene, incluso, música no incidental) que modifica la base de sustentación de lo puesto: ahora son dos expresiones, de distinto tenor, en pugna por la significación. El monólogo es interior y es a público. Es dolorosísimo, y hace del cuerpo y la expresividad  de la actriz un instrumento de una nueva verdad. Cambia la obra, cambia su eje, opera como una nueva obra dentro de la obra: el tema es el mismo, el tratamiento se corre, colisiona, quizás comenta. .

Dinámicas del trío
Pese a su brevedad, esta segunda parte es muy, muy intensa. En a última, el tiempo de la acción vuelve al tiempo sucesivo de los acontecimientos como causa efecto. Ester se reincorpora a la situación original. Finalmente, hay tres personajes en escena. La palabra retorna a Simón, Mejía organiza la situación y Ester calla. Es el momento de reponer, en forma de relato, el primer acto de violencia horrorosa. El relato es un crudo monólogo que busca auto exculparse de lo que repone -misión imposible en el teatro, puesto que lo evocado se torna realidad escénica. Y su realidad escénica tiene consecuencias: el acto ritual de violencia final.

Murgas
La extraescena (lo que está más allá de la ventana y de la escalera), se representa mediante la alusión -los personaje hablan de lo que está pasando afuera- y mediante la incorporación del sonido. El acento, el gusto, la contigüidad real del público actual con las comparsas de los barrios, en estas tres décadas y media transcurridas entre el primer estreno de “Miembro del jurado” y el Buenos Aires vaciado de carnavales (tristemente repuestos a fuerza de decretos sin contenido), no deja de hacerse notar a mis ojos y mis oídos. Pienso qué vivencias profundas despertaría el bombo de una comparsa en aquel teatro Payró del 79 -hacía sólo tres años la dictadura lo había prohibido-, y qué signos análogos podrían acercar a nuevas generaciones a aquel campo interesantísimo de sentidos asociados.



miércoles, 21 de noviembre de 2012

Sobre EL MAL RECIBIDO, de Ignacio Apolo



El próximo jueves 29 de noviembre iniciaremos una sesión de 5 funciones especiales de mi nueva obra, EL MAL RECIBIDO, desarrollada con el grupo de actores de  Rosa Mística.
 Teatro Machado (Antonio Machado 617, 4982-4922) Funciones: jue 29 nov a las 21, sáb 1 dic 22.30hs, jue 6 dic 21 hs, vie 7 dic 21 hs y sáb 8 dic 22.30 hs

Lo imperfecto, lo impuro
¿En qué consiste un “relato” para la percepción contemporánea? ¿Cómo construimos una sensación de saber qué está pasando? ¿Cómo sabemos qué sucedió? ¿Cuándo? ¿Dónde? Y, muy arriesgadamente… ¿por qué?

Un hombre corre en una cinta sin fin de un gimnasio, escuchando 27 temas distintos en su I-pod, mientras lee los “zócalos” contradictorios de tres distintas señales de televisión en tres LED TVs encendidos en simultáneo, con noticias de una toma de rehenes, del loco festejo de un jugador de fútbol y la cotización dramática del euro. Como eco lejano, la música de la clase de Just Pump interfiere con su marcha los graves del tímpano del corredor, que mira chicas por el espejo y lee folletería de masajes desplegada en la pared. Al terminar su sesión, pasará por un kiosko donde de reojo verá los titulares de Clarín, La Nación, Página 12, Tiempo Argentino, Olé y las tapas de Barcelona, Gente y Hola, mientras habla por celular y se ríe solitario del hashtag que gana la pulseada del día en Twitter.
El corredor articula todo esto como un solo relato.
Esta es la percepción contemporánea.
Y esta es la obra.
Lo imperfecto, Lo impuro.
Ese corredor no es un personaje representado. Es, sencillamente, el espectador.

Síntesis Argumental 
El Mal Recibido tiene, al menos, cuatro tramas, todas ellas adulteradas –y por ello (por su impureza), realistas-.
Un hombre vuelve al país desde su auto-exilio, convencido de que la fe en Dios y el amor salvarán al mundo, mientras cocinando confiesa haber intentado asesinar a su abuela en defensa propia y de su hermano. Leónidas cambia su identidad para no asumir la culpa de un accidente en el cual, durante una inundación, fuera arrastrada su camioneta con sus compañeros dentro. Y el perro. Sandra, la empleada del delegado de la intendencia de un muy pequeño pueblo rural de la pampa argentina, cree descubrir una trama secreta de femicidio en un accidente de autos. Un joven ve a su madre padecer un lento cáncer, miestras su padre hace negocios en su empresa de materiales ignífugos.

El error que produce sentido
A fines del año pasado, el grupo fue invitado a Tucumán a hacer una función de “Rosa Mística”, sabiendo de antemano que una de las actrices sería reemplazada allá por una acriz local, a quien le dimos el texto de antemano y con quien pautamos ensayos previos a la función. Pero un día antes del viaje, el co-protagonista en Buenos Aires anunció que no podía viajar…
Tras fuertes deliberaciones, el grupo viajó igual. La actriz tucumana que haría un reemplazo, pensando que el grupo no se presentaría, no había estudiado su parte y, como era miembro de la organización del festival, no tenía horarios a disposición para estudiar ni ensayar. Y el grupo, además, no tenía al protagonista; tenía solo un video de una función del FIBA, grabado con muchos problemas de sonido. Y la firme y política voluntad de presentar la obra.

Mística Tucumana
La mítica función tucumana de Rosa Mística empezó 45 minutos más tarde, tras una jornada de 9 hs de preparación de emergencia, en una ciudad que ardía a 40ºC. La obra comenzó en simultáneo con la proyección de una función anterior en una enorme pantalla al fondo del escenario. Todo en “sincro” con los actores en vivo, pero sin el protagonista –a quien sí se podía ver en la proyección-. En lugar del protagonista, yo, el director, leía sus parlamentos y en colaboración con los demás actores, acomodábamos y sugeríamos movimientos a la actriz tucumana que actuaba, libreto en mano, también su papel.
El resultado fue potentísimo. La obra “en vivo” se adelantaba y se retrasaba respecto de la pantalla que proyectaba la misma historia y los mismos textos. Desde el escenario, la presencia del director indicaba que la historia era teatral, y sus vacíos eran temáticos. La escena de la violencia del protagonista ausente sobre Rosa, mientras yo quebraba una madera a golpes de hierro quedará, inolvidable, en mi experiencia teatral.
De esa experiencia formal, de ese modo de narrar en escena algo más sincero y real que la convención, partió el trabajo para esta nueva obra que a partir de la semana que viene ofrecemos en 5 funciones al público: El Mal Recibido
El año que viene haremos funciones regulares con día fijo. Pero quiero compartir este nacimiento con todos ustedes.

Gracias a Machado, que me ha dado tanto…
El grupo dispone de la Sala Machado para la indagación, uso y estreno de su producción. La idea fue potenciar este espacio, de características atípicas, para aprovechar al máximo sus recursos: indagar en acciones que borran los límites de la escena y entrelazan el plano de la ficción con la realidad del público concreto.
Las historias suceden en un espacio/tiempo simultáneo. Se cruzan, se confunden y un personaje ya no es el mismo en la historia del otro. Los espacios se vinculan, las palabras y las cosas transmutan su sentido de una historia a la otra, construyendo en la causalidad mágica (literaria, teatral) un universo coherente.
El Mal Recibido es una indagación sobre la reiteración y la "rima" adulterada, el infinito fractal de palabras del océano de lo inconsciente. El éxito de la cena.
Espero que sea de su agrado.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Sobre el 8N



El 8 de noviembre de 2012, entre la madrugada y las 10.15 hs, Clarín On Line titula "La oposición convocó a la marcha, pero no participará. Los dirigentes no participarán, para no quitarles legitimidad”. A las 10.20, este titular fue retirado.


This Thing of darkenesse, I Acknowledge mine
The Tempest, William Shakespeare

Yo no voy al 8N, obviamente. De hecho, transito estas fechas “marketineras”, que parecen haber perdido de modo vergonzante las palabras que (las) sustentan, en un estado expectante de consciencia, concentrado en ver la representación detrás de la representación.  Como un espectador barroco.
Imagino ahora a la mañana, con fragmentos de recuerdos del último septiembre, caceroleros en las esquinas, autos bocinando y una manifestación en Plaza de Mayo, todos mucho más advertidos en las redes de “no hablar, no declarar ante la prensa” –acentuando desde adentro la línea editorial de los canales que no les pusieron audio a sus coberturas de la última vez, para no exhibir tanta violencia verbal-.

Y esas imágenes no me interpelan en forma directa. Yo voté a Néstor en 2003, y a Cristina en 2007 y 2011; no obstante, no me siento interpelado en forma directa por la protesta. Porque entre los que protestan y yo, con total claridad, están los dirigentes de la oposición. 

Acabo de leer, mucho mejor expresada de lo que podría expresarla yo, la paradoja de la representación política en un artículo de Bruno Bimbi. Cito: 

“Macri dice que se siente representado como ciudadano por el #8N y yo me imagino a un cientista político quemando sus libros. ¡Es la oposición la que debería tratar de representar a esa gente, o mejor, a cada uno de los segmentos ideológicos que la componen y precisan de representaciones políticas distintas, y no esa masa amorfa la que debe representar a los dirigentes opositores que comentan el país por Twitter!”

Y entonces, como el Neo del final de The Matrix mirando a los agentes convertidos en secuencias codificadas de información, veo las señoras, los señores, los chicos y las chicas protestando y los siento huérfanos. ¿A quién le hablan? ¿A Cristina? ¿A la tele, que no les quiere poner micrófono? ¿A sus propios políticos? Y confirmo algo: la solidez del 54% no se enfrenta a un 46, pues no hay un sí y un no. Hay diversidad de sujetos. Realmente. El 46 es solo una operación de marketing de la mátrix.

Las cifras fueron (son; pues de esto hace un año, no una década):
Cristina casi 54%
Binner, casi un 17%
Alfonsín, un poco más del 11%
Rodriguez Saa, casi un 8%
Duhalde, cerca del 6%
Altamira, un poco más del 2%
y la convocante, hiper mediática Lilita, menos del 2%.

Entonces. Yo fui y soy parte del 54%. Pero el que votó a Binner no es parte de un 46, sino de un 17%.  La relación real, material, serena, es  54 a 17. Es 54 a 11. Es 54 a 8. Es 54 a 6. Es 54 y 2.

Dirán: “Ignacio, soy parte del 46% que no la votó a Cristina”. Muy bien, pero entonces, yo soy parte del 83% que no votó a Binner (tu candidato). O del 89% que no lo votó a Alfonsín (el tuyo). Del 98%, por supuesto, que no la votó a Carrió (la tuya). La relación es 83 a 17. 89 a 11. 94 a 6…etc.

No obstante, estamos juntos.

No son extraterrestres. No son asesinos, fachos, golpistas, gorilas, angry birds. En todo caso, son la sombra gorila, facha e irritada que proyecto yo mismo, en tanto comunidad. Convivo con ellos. Muchos son mis compañeros de colegio, de trabajo, mis vecinos, mis alumnos. Resisto con compasión, e intentando comprender, al enfrentamiento “a muerte” que disciplinó a nuestra sociedad desde sus masacres. No estoy enfrentado a muerte con ellos.

Yo no voy al 8N. Pero no me gusta que no estén representados. No veo con buenos ojos que sus dirigentes no se pongan al frente –como titula Clarín on line ahora, con total e impoluta franqueza, no sin cierto dejo de resignación irónica: “la oposición convocó a la marcha, pero no participará –y agrega, “los dirigentes no participarán, para no quitarles legitimidad”-.

Me apena la orfandad.
Tengo piedad por la cacerola angustiada e irritada del crepúsculo que se acerca.

Me gustaría tanto que sus líderes se presenten, que asuman la representación. Aunque sean el 11, aunque sean el 8, aunque sean el 2. No es bueno para nuestro país y su historia que tanta gente no pueda ser representada por partidos políticos y dirigentes. Sería bueno que tuvieran líderes. Que no todo se siguiera dirimiendo en el seno de nuestro 54%, que al fin y al cabo, tan solo como vienen estando, en lugar de iluminar el cielo con los destellos del debate, es condenado a proyectar su propia sombra.

Traduzco (chapucera, literalmente) el final de La Tempestad. El 8N existe, sin representantes. Dice “esa cosa de oscuridad, la reconozco mía”.