jueves, 17 de marzo de 2011

Sobre MI VIDA DESPUÉS

El viernes fui a ver MI VIDA DESPUÉS, de Lola Arias, a La Carpintería (Jean Jaures 858; tel 4961-5092). Últimas funciones, viernes 20.30 hs.

El último de los biodramas

Mencionado varias veces en este blog, el célebre criterio de programación que rigió la Sala Sarmiento del Complejo Teatral de Buenos Aires durante fines de los noventa y principios de los dos mil planteaba quebrar, eludir o poner en tensión la línea que separa la vida real de la ficción (y cuando digo la “vida” no digo “lo” real, en genérico, sino aquello que tiene de Bio). Historias verdaderas, relatos autobiográficos encarnados por los actores, personas “en persona” atentando contra el concepto/máscara de personaje cundieron y pulularon por las salas oficiales y alternativas de nuestra ciudad durante más de una década. En este blog, sin ir más lejos, baste recorrer reseñas de los últimos dos años y medio: un biodrama exógeno como Elsa¸la notable Escoria, el biodrama propiamente dicho Fetiche, la superproductiva Open House o, la más profunda y lograda, El pasado es un animal grotesco son una muestra fehaciente.

Mi vida después es, creo, el último de los biodramas, el que reúne la manifestación formal en su epígono (el remanente de las biografías privadas dramatizadas) y las sumerje en lo no dicho de la historia social, de su política, de sus traumas. Es el canto final, el ápice y el fin. Dicho en una fórmula: al último de los biodramas solo le quedaba recurrir al tema político para regresar a la política. Y eso, además de aniquilarlo, lo convierte en el mejor.

La vida es una promesa de muerte

Se trata (en el apogeo de la era kirchnerista) de las vidas de los 70. Se trata de lo que durante los ochenta y los noventa fue solo el hórrido territorio oscuro de la muerte y el trauma. Se trata de los hijos de los muertos y de los victimarios. Se trata de nosotros.

Síntesis argumental

Me permito citar: “Seis actores nacidos en la década del setenta y principios del ochenta reconstruyen la juventud de sus padres a partir de fotos, cartas, cintas, ropa usada, relatos, recuerdos borrados. ¿Quiénes eran mis padres cuando yo nací? ¿Cómo era la Argentina cuando yo no sabía hablar? ¿Cuántas versiones existen sobre lo que pasó cuando yo aún no existía o era tan chico que ni recuerdo? Cada actor hace una remake de escenas del pasado para entender algo del futuro. Como dobles de riesgo de sus padres, los hijos se ponen su ropa y tratan de representar su historia familiar”.

El tabú del enfrentamiento

La escritora Elsa Drucaroff concibió a mediados de los 90 el concepto de “tabú del enfrentamiento” para la literatura argentina de aquella década. Sintetizándolo: en la memoria social post dictadura, toda confrontación (de ideas, de cuerpos) es un “enfrentamiento” y, como todo enfrentamiento contiguo al terror, remite a un enfrentamiento armado y conduce a la muerte. Pensar es confrontar. Manifestarse. Combatir. Es decir: ser aniquilado. El terror impuso, pues, un freno a la consciencia activa: pensar, discutir, debatir, enfrentarse, equivale a morir.

La literatura, el teatro, el cine de aquellos años le temen al enfrentamiento. No pueden hablar, no pueden, por ejemplo, ni siquiera mencionar la lucha armada. No pueden tampoco oponerse; se autocensuran o se condenan de antemano; como la posición final de la cámara en la película La noche de los lápices, quedan atrapadas tras las rejas desde donde mira, desesperanzadamente, el fin de la historia.

Tenía que aparecer una nueva generación que no cargara con el fardo psicobolche del gesto vacío, de la copia desgastada de sus compañeros mayores, desaparecidos. Tenía que iniciarse, a mediados de los noventa en secreto (y como una eclosión colectiva tras el 2001) una literatura que hablara de ese tabú parándose en otro lado, señalando el silencio o simplemente nombrando lo innombrable, sin culpa ni vergüenza: señores padres biográficos y putativos, los derrotados fueron ustedes. Nosotros hablamos desde otro lugar, de otra cosa.

Ese modo de hablar, ese modo de deshacerse del mandato de permanecer, encuentra su contracara biográfica a fines de los 2000 en esta excelente puesta en cuerpo de lo biográfico: los hijos, ya independientes, ya padres, ya autónomos, pueden teatralizar, exhibiendo la ficción (no trasvistiéndose de militante en un pasillo de Letras a fines de los ochenta), a sus padres guerrilleros, apropiadores, curas, exhiliados, desaparecidos.

Postales Post 2001

Las imágenes son inteligentes. Sensibles. Graciosas. Destellan.

El uso de la autobiografía convierte el recital en ceremonia, el relato en testimonio e interrogante. El viejo biodrama se mira a sí mismo y dice: “de esto nos faltaba hablar”. Y expone, retroproyecta, retroalimenta, sus tesoros, objetos reales, niño.

No tiene progresión. No tiene “curva”. No obstante, tiene intensidades: desde la batería desaforada que convoca en modo “furia” la energía de las generaciones a la ternura del relato de los sueños. Un malambo for export, para Alemania, es también el cuerpo argentino de un descendiente de los Lugones. Es una marcha peronista. Es la tortuga, gran personaje, que predice que no habrá revolución en Argentina; es el tiempo que engulle la vida y conquista seis pies de tierra americana…

Cuando muera

Cuando muera será así (como a mí se me ocurra, como yo quiera). Veré así. Seré esto. Puedo decirlo. Porque soy. Imagino lo que ustedes fueron, dice esta generación. Lo recreo en mi mente; no finjo serlo.

Elsa Drucaroff fue a ver la obra conmigo. Dijo que esas vidas estaban marcadas, casi atrapadas por las épicas tragedias de la historia. No me parece. Las generaciones de los ochenta y principios de los noventa, las generaciones pre-Memoria Falsa, no podían actuar (en el sentido actoral), no podían ficcionar, no podían re-presentar. Sólo disfrazarse (trasvestirse, decía por esos años Drucaroff) y esperar. Las nuevas dicen, bailan, doblan, cantan, representan.

Luego salen del teatro y viven.

Nosotros también.

La cámara presa del lado de adentro de la noche de los lápices ha sido abandonada.

………

PD. Laura G, ¿qué es el “salto cuántico”?

miércoles, 9 de marzo de 2011

Sobre GENEALOGÍA DEL NIÑO A MIS ESPALDAS

El domingo fui al estreno de GENEALOGÍA DEL NIÑO A MIS ESPALDAS, dirigida por Vilma Rodríguez, a NoAvestruz (Humboldt 1857 / reservas: 4777-6956). Domingos a las 17.30

Lo breve

La reseña anterior hablaba de una obra cuyos propios realizadores designan como “diminuta”. Diminuta ceremonia poética para 25 personas, transcurre en la habitación del fondo de una bella casona, un domingo a la tarde. “Rosa Brillando”, escribía yo hacia el final, “hermosa, sensual, sutil invocación, se inclina sobre su propio decir”. Un decir femenino, una invocación de placeres y presencias.

Como espejo invertido, Genealogía del niño a mis espaldas, sin conocerla parece comentarla. Es también una obra breve, a su modo poética. No dura más de cuarenta minutos y transcurre un domingo a la tarde en un espacio lleno de encanto. Se inclina también sobre su propio decir; un decir masculino, una invocación de dolores y ausencias. Desde lo interior, Buenos Aires parece tener ahora lugar para estas pequeñas piezas de encantamiento.

Mi hijo, mi padre, yo

Una década atrás quizás no había tal espacio. La primera puesta en escena de esta obra, dirigida por Vilma Rodríguez, vio la luz en el Festival del Rojas más de diez años atrás, dentro de un ciclo que tenía como antecente aquel “género chico” curado por Rubén Szuchmacher, para cuya convocatoria escribí la pieza de un tirón un domingo a la tarde. Yo no era padre aún; el “niño a mis espaldas” parecía ser, a todas luces, yo mismo.

Ahora, esta misma tarde, el pequeño Vicente agita y aporrea desde el útero la panza de Carolina y no la deja en paz. Mi hijo varón nacerá a fines de abril o principios de mayo. Para él y para aquel niño que fui, para el varón que sin dejar de mirar a su padre espera ser llamado papá por otro hombre, para los padres y madres que fueron y los que vendrán, para toda nuestra niñez, para las reflexiones y las lágrimas del estreno, esta nueva –yo diría, perfecta - puesta de este pequeño clásico.

Síntesis argumental

S.Rz recorre un personal y mítico zoológico, de cuyas jaulas y senderos destila teorías: la transmigración de las almas y la evolución de las especies. Pero tiene un niño a sus espaldas. ¿Quién es ese niño? ¿Su hijo? ¿Él mismo? ¿Un extraño? La infancia, la identidad, la invisible presencia de la muerte se filtran en las grietas de este sutil haiku teatral, pequeña pieza de colección que se reestrena diez años después de obtener el Primer Premio del Certamen Metropolitano de Teatro 2000.

La infancia

Oh, la infancia. Esa temible región naif.

El niño Oscar Ferrero

Genealogía del niño a mis espaldas tiene dos personajes. Uno es un niño. Años atrás, en España, presencié una lectura de la pieza interpretada por dos mayores; el niño, como S.Rz., lucía canas. El efecto (el afecto) del espejo era conmovedor, e inclinaba la interpretación hacia una lectura de la propia identidad. Pensé hasta este domingo que un actor niño no tendría tal vez recursos suficientes para crear o transitar las situaciones sugeridas por el recorrido.

Oscar no solo crea y transita, sino que ilumina zonas que mi prejuicios de autor no habían llegado a imaginar. Para él, todo mi asombro.

El gran Javier Rodríguez

Un actor para el mundo.

Según pasan los años

La obra es una hermosa apuesta actual y también es un homenaje, una mirada retrospectiva. El mismo Federico Marrale re-compone la partitura musical; el mismo Gabriel Caputo hace las luces. El mismo Javier Rodríguez entona a S.Rz, la misma Vilma dirige. La obra parece casi idéntica a lo que fue, pero no lo es. Nuestra prepotencia casi adolescente de una década atrás ha cedido, creo. Creo, como dice Vilma, que ya no somos tan “cancheros”. Creo que aceptamos que ciertas cosas conmueven. Creo que ha llegado para Genealogía el momento justo. Esta pequeña reseña del blog no tiene nada técnico. Es lo que puedo hacer desde la emoción también. Agradecer y recitar, con mi niño en las espaldas, en “voz alta y titubeante”, este poema, para todos ustedes:

El Haiku

Ciruelo de la orilla,
¿de verdad se lleva el agua
tus hojas reflejadas?

miércoles, 16 de febrero de 2011

Sobre ROSA BRILLANDO

El sábado fui a ver ROSA BRILLANDO, de Vanesa Laja y Juan Parodi, a Querida Elena (Pi y Margall 1124, 4361-5040,sábados y domingos a las 19).

Rosa

Stat rosa pristina nomine
nomina nuda tenemus

Este confuso latín me machacó la cabeza durante casi un año, entre mis dieciocho y mis diecinueve. Lo había leído y releído una y otra vez en la calle –caminaba con el pesado libro de Umberto Eco por las cercanías del flamante CBC de San Isidro, cruzando las calles con cierta culpa por remplazar los apuntes de “Sociedad y Estado” por una novela policial postmoderna. También en mi habitación y en el cuarto oscuro de mi cabeza, donde un viejo monje, encorvado en su reducido scriptorium rasgaba una y otra vez su pluma contra el manuscrito. Recordaba otros libros, y a través de esos libros, las palabras, y a través de las palabras, una imagen: una mujer quemada en la hoguera, un cuerpo joven (el propio). Una flor roja por antonomasia. La rosa.

Al año siguiente me presenté a la primera clase de Latin I en la vieja facultad de Letras, pisos y pisos arriba de la antigua sede de Marcelo T, que dicen, fue un sanatorio o una maternidad. El profesor pasó lista y al detenerse en Apolo me pidió que me pusiera de pie.

“¿Así que tenemos a Apolo de alumno?”, preguntó irónico y fascinado.

“Sí”, respondí. Y agregué: “¿Qué significa stat rosa pristina nomine / nomina nuda tenemus?”

No supo qué responderme. Solo alguna vaguedad respecto del “tenemus”, que debería haber sido “habemus”. Del significado… nada.

Como en los sueños, no importa que entre la primera línea del diálogo y la tercera hayan pasado más de tres meses. Veintidós años después, con un click en la barra buscadora de Google me aparecen cuatro traducciones literales posibles de la frase y una cita de las Apostillas al Nombre de la Rosa donde Eco parece aclararlo todo. No obstante, ninguno tiene razón: ni yo, ni Fraschini, ni Umberto, ni el monje, ni el tiempo.

Poética

Enuncian los autores Maja y Parodi que este espectáculo es una “Invocación teatral a la poética de Marosa Di Giorgio”. La antigua rosa, gastada por el tiempo, por el cancionero popular, por las letanías lauretanas, por mi Rosa Mística y todas las rosas, por el viejo monje oscuro, por el nombre vacío, por el nominalismo, se hace cuerpo y flor y brilla.

Síntesis argumental

Una encantadora recitatriz dice poemas de Marosa Di Giorgio e invoca, con su cuerpo y su voz, la sensual exhuberancia sus imágenes. La poética se derrama desde la palabras al silencio: eso también es teatro.

La voz poética contradice la acción

Para la visión más clásica del arte teatral, los límites entre la poesía y el drama son nítidos; este último es el territorio de la acción. La palabra, más allá de sus cualidades poéticas, es utilizada por el dramaturgo como vector de acción, acción que da entidad/estructura a sus personajes –esa imagen me gusta: la palabra como una flecha dirigida, como los crueles dardos de la Fortuna que soportaba (y lloriqueaba un poco por demás) el príncipe de Dinamarca-.

Los personajes, en el arte teatral (en la poiesis dramática), son aquello que su acción expresa –a menudo, ocultando-. La palabra es funcional a la acción (“que la acción se corresponda a la palabra y la palabra a la acción”, instruía el príncipe), definiendo esta última como actos voluntarios regidos por un propósito. La palabra en acción es performática: se dice para hacer. La palabra en la visión más clásica del arte dramático no es otra cosa que una herramienta de modificación, una conducta en terrible tensión contra un objetivo en movimiento.

Cuando la voz poética solo funciona como voz poética, cuando el eje del paradigma se proyecta sobre el sintagma, cuando Vanesa enumera una por una, una por una, una por una, una profunda lista de frutas o de flores, la acción dramática se detiene y el teatro, en su visión clásica, se diluye. La superficie de las aguas no arrastra acción. Es el punto cero del método: eso no es teatro.

La voz poética se condice la acción

Para una visión menos clásica y taxativa, el arte performático es tornasolado: poesía, proyecciones, cuerpo, imágenes, música, forman un continuum cuyas definiciones, si bien necesarias, provienen del exterior –“invocación teatral a la poética de” es, convengamos, algo muy esforzado de enunciar para algo tan naturalmente sencillo de ver y experimentar…

La pregunta, en todo caso, sería por qué escuchar, por qué ver, por qué asistir al hecho de que la intérprete y el músico organicen ante nosotros, en cuerpo/en tiempo presente este recital. La “acción” no lo es todo en la poiesis teatral ya desde principios del siglo XX. Y no obstante, por las grietas de lo enunciativo, la acción se filtra.

Recitatriz

La presencia de la actriz habita el silencio. Verla comer las frutas, ofrecer su cuerpo para el baño de luz e imágenes, cantar en voz bajita, como si no supiera pero todos saben que sabemos, hacernos cómplices, es un hecho teatral. No existe, por supuesto, esa “poesía pura” de la que la tradición teatral quiere separarse. Existe una intérprete minuciosa actuando estado por estado cada respiración y sentido.

Ser convocado y participar de lo que emerge y se despliega en Rosa Brillando bien vale la pena un viaje al corazón de La Boca. Higos, dátiles, florcitas, pulpa, néctar… a temblar.

Repetición

Por último: el mal de la inacción suele la ser la falta de recorrido, un dejo de estatismo, de clímax aleatorio y desubicado. En el artefacto tradicional, el espectador siente la inminencia de la culminación y del espasmo posterior del finale. Una poética muy pegada al “recital”, en cambio, se resiente en estructura, pues al no contar una historia su tiempo no avanza. Solo avanza el tiempo real de la platea, que es el del goce y del disfrute (y del aburrimiento o el deja vu), tan personal y arbitrario. Rosa Brillando, hermosa, sensual, sutil invocación, se inclina sobre su propio decir y parece, hacia su término, estática. ¿Un acorde menos, por qué no un bandoneón, o unas buenas palmas? Porque sí. La rosa es sin porqué, decía el ignoto silesius. Florece porque florece. No pasa nada, convengamos:

Stat rosa pristina nomine
ROSA BRILLANDO TENEMUS

martes, 1 de febrero de 2011

Sobre EL PASADO ES UN ANIMAL GROTESCO

La semana pasada fui a ver EL PASADO ES UN ANIMAL GROTESCO, de Mariano Pensotti, al Teatro Sarmiento (Sarmiento 2715, 4808-9479, jueves a domingo 21 hs)

La Rueda de la Fortuna

Su iconografía es poderosa: la enorme rueda de feria, o más antigua aún, la gran noria a cuyos cangilones los cuerpos mortales están atados, es regida por una diosa caprichosa y cambiante. Fortuna, que es la contracara del Destino o bien su sombra proyectada, destaca lo inestable, lo condenado a cambiar, la “mudanza” en términos del Siglo de Oro, un movimiento impredecible pero obligatorio como el de la Ley de las Mutaciones: no sabemos dónde estaremos mañana... Fortuna es la que arroja sus dardos para que sufra y sopese la existencia el príncipe de Dinamarca; Fortuna liga su nombre al ser o no ser, al oscuro argumento de una vida aferrada a la vida solo por el reverente temor a lo desconocido. Vivir –es decir, sufrir- se soporta solo por una asumida, filosófica ignorancia.

Y la diosa. La diosa hace girar la rueda a su voluntad (a su placer, a su capricho), cambiando las posiciones de quienes están atados a ella: los que ahora están abajo -en el mismo lodo, todos manoseaos-; los que se elevan en beneficios, medran, ganan gloria, poder… solo para volver a caer.

La obra

Teatro Sarmiento, contiguo a las fieras. Principios de la segunda década del tercer milenio. La rueda de la fortuna[1] yace horizontal, pero aún gira. El dramaturgo y director coloca los cuerpos en movimiento dentro del férreo, antiguo círculo. Y aquella rueda, sin poder, aún domina. El destino no es lo que era.

Síntesis Argumental

El futuro cineasta, la actriz errante, el trágico cuentista que abre un paquete que quizás no debió abrir, la hija que consume (y se consume por) los secretos de su padre. Según gira la rueda, distintos episodios de la vida de cuatro personajes autónomos son presentados por los cuatro actores. El marco temporal es tan estricto como el giro: incrustados en el recuerdo cronólogico de la platea, sucede lo que pasa dentro de los diez años que van del 99 al 09.

Un dejo de biodrama

No en vano los cobija la Sarmiento: Pensotti y sus actores se preguntan por la categoría “real” de los acontecimientos públicos de una década, y por lo teatral de los acontecimientos privados de las vidas reales volcadas a la ficción. ¿Ficción y representación? ¿Biografía y relato escénico? Durante la década que evocan, desde aquella idea de Vivi Tellas, el “biodrama” rigió explícita o tácitamente la programación de esta suerte de sala alternativa del Complejo Teatral de Buenos Aires. Los resultados fueron y son dispares e interesantes, con recurrentes ápices de calidad. Fuera de programa, lejos ya de la categoría de “obra de teatro basada en la vida de una persona real”, aún aparece, multiplicado, ese concepto en el punto de partida del proceso de creación –típico de la década representada-: un grupo de actores con una idea potente a cargo de un director/dramaturgo que experimenta y crea un espectáculo. Sólo que en este caso, como supersticiosamente corresponde a la inauguración de una nueva década, el resultado va más allá y se comenta a sí mismo: el modelo pide ya no una vida sino las “grandes ficciones del siglo XIX” y se atreve a la narración de lo grande en lo pequeño, mediante el puntilloso artilugio de la indagación grupal.

¿Es posible en estos tiempos inventar grandes ficciones que contengan lo que imaginamos junto a sucesos reales de nuestras vidas y de las vidas de las personas que conocemos?”

Por lo general, la respuesta retórica es solo un cambio de entonación, una supresión de la pregunta. El Pasado… lo confirma. Pero se destaca a su vez, en este caso, por la rueda plana, que es el giro irónico sobre la década pasada…

La primera década pasada

Debo admitir que soy yo el que busca en las últimas creaciones de los mejores exponentes de una generación algo así como un muestrario de la utilización de las técnicas (mi comentario sobre Estado de Ira que a su vez se vincula con mis comentarios sobre Áspero es un ejemplo reciente de ello). Pero mi sensación no cambia: hay una suerte de mirada retrospectiva que distingue la utilización provocadora, “vanguardista” (a esta altura ya ingenua) de un micrófono de mano y una guitarra de fondo en Open House o en Luisa se estrella contra su casa (en esta última, solo la guitarra), y la sutil, casi necesaria presencia de ese micrófono en El Pasado es un animal grotesco: es un micrófono aceptado, un micrófono tomado casi “naturalmente” del teatro alternativo de la década anterior (la del 2000), para contar otra cosa, que es la misma, pero mucho mejor y en exceso.

Dominio técnico

Estamos hablando de Julieta Vallina, la de tantas funciones en tantas obras de Daniel Veronese. De el mismo Javier Lorenzo lleno de recursos (y a quien el concepto de edad no se aplica del todo). De Juan Minujín, en cuyo micrófono aún resuena el “y a ti te gusta” –desopilante monólogo erótico incrustado en un espectáculo de El descueve-, y también del Juan Minujín de Sucio. De Pilar Gamboa, sinónimo de lo “emergente” en los últimos diez años (Algo de ruido hace, Acassuso, El tiempo todo entero). La rueda gira, los cuadros sucesivos y mutantes no van hacia ningún lado, pero acumulan años significativos que de pronto son una década. Los actores –sus biografías actorales- comparten para el público teatral esos sentidos.

La profundidad

La Rueda es chata. La poética de lo menor existe y conmueve: el karaoke brasileño a cargo de Javier Lorenzo habla del Gran Relato hecho llanura. Las grandes ficciones del XIX arrinconaban lo berreta en el arcón de lo insignificante. Llamados a la arena de un relato grande (diez años en la vida de cuatro personajes) las técnicas del teatro de la década pasada se vuelcan sobre sí mismas y eso, a mi juicio, es la profundidad de la obra: una profundida técnica –dificilísima, útil, tal vez triste.

Las ilusiones del milenio son apenitas individuales, casuales, traumáticas o, a lo sumo, nostálgicas. Los hechos, gérmenes de la nada o coincidencias rabiosas. El modo de contarlo es lo profundo. La capacidad de cuatro actores de actuar desde afuera la conciencia (y la inconciencia) del otro y sus planos de representación alternados: narración, interpretación, monólogo interior, diálogo, testimonio, estado, interacción. Una rueda que ya no reparte infortunios y felicidades sino apenas una vacua sensación de movimiento…

El resto es poco. Con los genuinos elementos a disposición, desenganchados inexorablemente de cualquier posibilidad épica –el reverso sin rencor de nuestros padres setentosos-, El pasado es un animal grotesco se pregunta por el pasado, por el acontecimiento, por el sentido. Lo cual, para una obra tan bien hecha, es –sobre lo que sobre, y falte lo que falte- muy bueno.


[1] Notable dispositivo escenográfico de Mariana Tirantte en la puesta de Pensotti

viernes, 17 de diciembre de 2010

Sobre ESTADO DE IRA

La semana pasada fui a ver ESTADO DE IRA, de Ciro Zorzoli, al Teatro Sarmiento (última semana de la temporada).
Estados
Como la múltiple y talentosa Áspero, una obra típica, de Gobernori (aprovecho para saludar a los bravos Defensores de Bravard por la aprobación de la ley que los reconoce), como la pequeña y no reseñada Última Función de Iturbe, Milone y Torres, como Sueño de una noche de verano, como las obras de Pirandello, como un match de improvisación, como el teatro barroco entero, Estado de Ira es una obra sobre los modos de presentación y representación del teatro.

Es, en el extremo opuesto de la primera, su consumación.
Síntesis Argumental
En la mítica sala oficial contigua al Zoo de Buenos Aires, un abundante grupo de actores representa a un grupo oficial de actores cuya municipal tarea es sostener el ensayo general de Hedda Gabler para que una célebre actriz convocada al reemplazo de la protagonista pueda estrenar mañana.
La vida es ensayo
Reencarnaciones, valles de lágrimas, promesas de vidas mejores, futuras, eternas, muchos sistemas de creencias y pensamiento coinciden en la precariedad de la breve unidad de acontecimientos encadenados entre un nacimiento y una muerte que llamamos una vida. Expanden la fragilidad a la categoría de preparación, de aprendizaje, de camino cuyo sentido está en otro lado. Y mientras tanto… es la vida.

Estado de Ira es un ensayo. Con una destreza de dirección pocas veces vista y gracias a un notable y numeroso conjunto actoral que lo sostiene –esa irrenunciable capacidad que el teatro de gestión pública nos puede finalmente ofrecer-, es, asimismo, todo el espesor vital y estético que, simultáneamente, se produce mientras se vive.
El comentario
Lo más notable, lo que la convierte a mi juicio en una perla contemporánea, es la ausencia de comentarios. La obra ejecuta, a su modo, una versión ajustada y, para aquellos que recordamos lo esencial de su argumento, disfrutable de Hedda Gabler, en un mundo que sí, que produce su modo de existencia teatral por fuera de la representación: está allí, como un estado, como una posibilidad.

La representación es el comentario. Hedda Gabler, asumida del único modo que la teoría de actuación que sostiene este espectáculo concibe un texto teatral (o lo que llamamos “una obra de teatro”), es ese texto de segundo plano que “comenta” la actuación: no la produce.

La “obra” como entidad ideal es marginal. El gran Ricardo Bartís, mentor y referente de la híper productiva actuación por “estados”, y cuyo máximo exponente, Carlos Defeo, de inolvidable actuación, escupe sus yuxtaposiciones de estados verdaderos en un puro Estado de Ira, lo dice mejor que yo, por supuesto. Leámoslo en directo.

Frequento Bartolo
“Mi resistencia a la publicación de los textos en los cuales trabajo, inclusive adaptaciones, como el caso de un Hamlet que hice a partir del de Shakespeare, o de Muñeca, sobre un texto homónimo de Armando Discepolo es porque no creo en el valor de los textos salidos de aquellos sucesos y acontecimientos que se producen en el escenario […] Lo más importante que pasa allí es la fuerza y energía con que se actúa ese texto, pero la actuación no está ni podrá estar nunca dentro del texto, nunca podrá estar esa energía, esa decisión, esa voluntad de existencia que yo busco cuando dirijo un espectáculo. Siento el texto tan ajeno a mí como si fuera separado, por ejemplo, el elemento de la luz, como si me propusieran transmitir el diseño de iluminación de un espectáculo, porque a alguien le podría interesar el tratamiento de la luz. […] Me parece que el texto ha tenido siempre una supremacía ideológica en relación con la forma y el cuerpo, y se ha ido cristalizando la creencia de que el relato textual es el relato de los sucesos escénicos, y los sucesos escénicos no tienen nada que ver con el relato textual, porque está en juego una situación de otro orden. Primero, una situación de carácter orgánico. Hay cuerpos, organicidad corporal, sangre, musculatura, química, energías de contacto que se van a poner en movimiento. Lo otro, el texto, es una excusa para eso”.

Ricardo Bartis. Cancha con niebla. Buenos Aires: Atuel, 2003
La profundidad
Ciro Zorzoli logra, en su poética del espacio (la profundidad geométrica es perfecta), y también en esta suma ausencia de comentarios -en la que se enarbola la bandera del espesor de un acontecimiento- poner en acto central lo que en Bartis es comentario posterior. La obra en Zorzoli surge allí donde Bartolo concluye. Y lo eleva. Más que aquel mítico Hamlet, la guerra de los teatros de Bartís, aquí Hedda Gabler estructura, sostiene y comenta criaturas que no le pertenecen, sin decir sobre ellas una sola palabra. El teatro se impone, en un plano de simultaneidad.

La vieja vida de Hedda Gabler
Decíamos que Estado de Ira es la consumación de la inteligente Áspero. Esta, con un sencillo procedimiento, en un valiente rincón de Parque Centenario, exhibe los principales procedimientos teatrales “típicos” de una década. Estado de Ira toma uno solo, lo expone y lo multiplica hasta producir algo sin nombre y sin palabra, que es muy poco, pero no tan poco: en una mítica sala oficial junto al Zoo de Buenos Aires, un grupo de…

¿Qué hay que no sea verdadero, de aquella Hedda vacía y sin sentido (cuyo legado si no es asesinar es suicidarse), en la triste y solitaria actriz, despojada de rol, en calzones y a la vera de un ordenanza que se quedará allí todo el tiempo que le haga falta, para perder, perder, perder?

sábado, 4 de diciembre de 2010

Sobre TODOS ERAN MIS HIJOS

El domingo fui a ver la última función de TODOS ERAN MIS HIJOS, de Arthur Miller –dir. Claudio Tolcachir- al Teatro Apolo (Corrientes 1372 –tel. 4371 9454) –reestrena en enero.

Incrustaciones
La función comenzaba a las 20.30. A las 20.15 aún estábamos la Andrea nuestra (la de PostParto), la Andrea de “ellos” (la de DG Medios y Espectáculos), los técnicos y yo parados sobre el pastito artificial que cubre ese lateral de “backyard” de la enorme escenografía de la obra, intentando descular cómo podría incrustarse en un rinconcito de tres metros entre la primera plataforma de madera y el proscenio las tres sillas y los tres paneles expresivos de nuestra obra.

La propuesta (aún virtual): reponer PostParto en enero en el Teatro Apolo, pasando de una sala de 140 a una 490 butacas, y de un escenario de seis metros de boca por cuatro de profundidad a uno cinco veces más grande.

La paradoja: de semejante boca de escenario, de semejante profundidad, solo nos sería posible utilizar un mínimo, al centro, al frente (para poder compartir el teatro con la obra “grande”), es decir, menos espacio escénico aún que en Del Nudo.

Esta obra es un incrustación.

La estructura monumental
Las obras de Miller ya son “monumentos” históricos. No es la casa completa de Agosto (para leer mi reseña de esta obra, clic aquí), de tres niveles al desnudo, donde se entretejen las historias de la diversidad de una familia decadente: Agosto no es un monumento. Es, en Todos eran mis hijos, un fragmento de casa: la puerta trasera, la escalera del patio, la cerca, unas sillas del parque, el arbolito quebrado por el viento. El metonímico desplazamiento del valor de la enorme prosperidad americana (re) construida sobre la maquinaria de guerra, no importa de quién sean los hijos que caen en combate. El fragmento es inmenso y pleno, una exhibición de poderío. A diferencia de la actitud y pensamiento del Agosto que también dirigiera Tolca, esta obra se yergue seria, cultural. Nada se debilitará. Su rumor es sordo. Intentaré ver por qué.

Síntesis Argumental
(Lectores desprevenidos que no conocen el argumento de este clásico: saltead este párrafo). El hijo mayor de los Keller permanece desaparecido en combate desde hace más de tres años; en ese tiempo, la fábrica del padre, beneficiada por las enormes ventas de material bélico, ha potenciado sus beneficios. El hijo menor, veterano de guerra, planea casarse con la novia de su hermano muerto. La madre, refugiada, aún espera. Si ese refugio cediera, la verdadera responsabilidad del gran padre sobre las muertes en el frente vería la luz.

La construcción del inocente
Este primer éxito del joven Miller contiene, como todos los primeros grandes exponentes de una renovación de géneros, todos los elementos de lo que después se producirá “en serie”. En el realismo social de Miller, brilla la tesis: la verdadera razón/responsabilidad capitalista sobre la muerte de los jóvenes en el frente, la exposición sin fisuras de la “encarnación” del capital en la íntima célula de la gran sociedad americana, la familia. El enorme pecado, la sangre con la que está construida la prosperidad y el futuro: la muerte de los hijos. No es ante los hechos que un padre lo acepta y se suicida; es ante la develación. Decirlo, exponerlo, hacerlo público, equivaldría a poner en manos del responsable un revolver, y estimularlo (como en la bella idea de mi estimado Pablo Ottonello, tallerista en dramaturgia 2010) a que se suicide.

Para ello, Miller echa manos a diversos (y virtuosos) procedimientos que la maestría sostiene y hace perdurar (y esto es sumamente difícil, puesto que todo realismo como estilo y propuesta y tesis, se sabe, no subsiste fácilmente a sus contemporáneos). No obstante, la construcción del inocente…

Miller necesita que Chris, el hijo menor, sea ingenuo. Y que Larry, el mayor, sea un cordero del sacrificio voluntario (la carta que escribe Larry suicidándose porque su padre había enviado piezas fallidas, matándose en nombre del padre, es la carta del cordero de dios, no nos engañemos). Miller necesita, además, matar al padre; necesita un tercer acto, que nuestra contemporaneidad resiste…

La resistencia
Brilla la voz, la imagen elevada donde el sabio Tolcachir la ubica, la perfecta entonación (de un fantástico trabajo) de la Kate de Ana María Picchio al final de acto dos, donde la tesis que aún perdura (y tal vez perdure para siempre) es promulgada: es necesario que Larry no esté muerto, porque si lo estuviera, lo habría matado su propio padre, y Dios no permite que esas cosas sucedan.

Kate sabe. Kate fuga y hace fugar a toda la realidad familiar hacia ese punto vacuo y fascinante: el relato. Al final del segundo acto todos sabemos, Kate, los hijos, los padres, los espectadores, que la familia es esa ficción necesaria que permite que un horror (la muerte de los jóvenes/hijos en manos de la maquinaria capitalista/paterna: para ampliar estos conceptos en la historia y teatro argentinos en este blog, clic aquí y en reportaje aquí) quede sepultado y funcione como los cimientos intocables de una (“la”) institución.

A fines de la primera década del siglo XXI, ese elevado discurso que invita al silencio, que invita a la traición, que convierte a todos cómplices y arruga las vísceras, sería el final de obra. Equivale, por supuesto, a la mítica luz que desciende sobre el Marito de La omisión de la familia Coleman, que ahora recorre Europa de la mano de sus creadores –el director es el mismo en todas las obras referidas. Pero 2010 no es 1947, el relato de esa guerra que trae ecos de honor en boca de Chris (esa comunidad de jóvenes que daban su vida por sus compañeros) no es el mismo que los relatos del Golfo, de Afganistán, Irak. Sesenta años atrás…

El castigo de Dios
Dios castiga. Dios pone en manos del padre un arma, y que se dispare. Dios, que permitió que el dueño de la fábrica enviara piezas de avión falladas, que permitió la prosperidad americana construida sobre la maquinaria de guerra, que permitió el suicidio del hijo ausente y la estupidez del sobreviviente, Dios es corregido, incitado por el autor externo, por el Gran Miller, a terminar su obra con justicia: la personificación de la culpa debe morir.

En relatos más modernos, como el del grupo de Los Coleman, como los del viejo Beckett o las dramaturgias periféricas de Gobernori, de Chaud, el autor externo no es nadie; los autores son, a lo sumo, personajes, Dios es un desierto. Kate es la gran autora sometida por su padre Arturo. Me dijo Dubatti: “en Rosa Mística no está el eterno personaje portavoz de la ideología del autor”. Nos dijo Ricardo Halac: “no surgió, en la nueva dramaturgia argentina, un gran autor”. Adhiero a todo.

Bonus track: Ana María y Lito
Dos caras complementarias, creo yo. En tanto que el gran Lito no transmite, no conmueve, no acierta, es rescatado segundo a segundo por lo mejor que se puede ver en actuación femenina de Gran Formato.