domingo, 12 de marzo de 2017

Sobre LA TERQUEDAD, de Rafael Spregelburd


El viernes fui al estreno de LA TERQUEDAD, de Rafael Spregelburd, al Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815 / 4815-8883) Funciones jueves a domingos, 20 hs.


El arte y la causalidad (y la política)

El chiste decía más o menos esto: en un laboratorio, un científico observa la conducta de una araña. Le dice: “¡caminá!”, y la araña camina. El científico le arranca una pata y le ordena: “¡caminá!”, y la araña camina. El científico anota la conducta, luego le arranca otra pata y le vuelve a ordenar que camine. Y la araña camina. Así, le va a arrancando pata tras pata, haciéndola caminar, y anotando en su libreta. Al llegar a las últimas, el esfuerzo de la araña se intensifica, pero igual lo logra. El científico anota. Le arranca la antepenúltima pata. La pobre araña se esfuerza, con sus dos patitas remanentes, y camina. El científico le arranca una más. Le ordena. La arañita, penosamente, arrastra el cuerpo traccionado desde su último miembro. El científico anota. Le arranca la última pata y le ordena: “¡caminá!”. Nada. “¡Caminá!”. Nada. La araña no se mueve, no tiene con qué. “¡¡Caminá!!”, le grita el científico, ofuscado, muy de cerca. Espera. Resopla. Se levanta y anota en su libreta: “las arañas sin patas son sordas”.

Por supuesto, la historia de la causalidad es, básicamente, la historia de la interpretación del vínculo entre acontecimientos diversos. De esos vínculos trata la Historia (así, con la mayúscula del nombre propio), pero también, exactamente de lo mismo, trata la mitología. De esos vínculos trata la ciencia, la astrología, el I Ching y la física cuántica. Es probable que la araña despojada de sus patas no camine porque no tiene con qué. La correcta interpretación de esa causalidad puede regir una decisión, incluso una postura política. En una obra de teatro y en la turbulenta historia de la humanidad, es probable que la araña, además, sea sorda.

El día que la historia se detuvo
Dos grandes ideas (la grandeza es una impresión puramente subjetiva, y por eso la sostengo) articulan La Terquedad, del querido Rafael Spregelburd. Una es formal, en el único sentido en que vale la pena serlo: implicando un sentido. El protagonista de esta obra, personaje central con quien uno incluso se sentirá cercano afectivamente, es un fascista, no un republicano. La incomodidad, la dislocación de los lugares comunes del buen pensamiento “progre” que nos sostiene en la platea, son reveladores. Por supuesto, los personajes no son sólo una fascista, un editor acomodaticio, una mujer despechada, un cura enamorado, y por eso podemos empatizar. Pero hace falta un enorme talento para construir una vasta obra sobre la premisa de empatizar con “los malos”, y que sea aceptada por el espectador.

La segunda idea es temática, es casi una tesis en el antiguo sentido del realismo social, estallado por los aires una y otra vez por el exuberante juego escénico, espacial, temporal y lingüístico de la pieza: la Historia de la Humanidad, como posibilidad de progreso, o de redención, o de revolución, o de mera posibilidad de supervivencia (a la catastrófica y terminal actualidad del mundo me remito) terminó el último día de la Guerra Civil Española. Y terminó en fracaso.

El resto es un oscuro pozo reiterativo y mortal, un final de fiesta fantasmal y ajeno a la verdad, del cual parece no haber retorno.

Síntesis argumental
En la casa del comisario fascista de un pueblo de Valencia, en las postrimerías de la Guerra Civil Española, los nombres de cierta gente (o de ciertas cosas) pueden trocarse por vidas. O por muertes. O por tierras. O por bienes. El lenguaje es un pozo oscuro, secreto e incierto, que no ha dejado de emitir los furiosos estertores de una agonía, mientras los hombres buscan la lengua que tal vez pueda dar cuenta de todo, para que este horrible todo no quede condenado a volver.

Las variaciones
La Terquedad es una obra de variaciones de “punto de vista”, literalmente. Los mismos 65 minutos se reiteran tres veces, desde tres ángulos distintos, lo cual permite percibir, en cada “pasada”, aquello que estaba oculto a la mirada de la pasada anterior. El efecto acumula y deconstruye. Acumula información para postular una nueva serie causal: aquello que interpreté, desde el primer punto de expectación, como un vínculo causa efecto en cierto sentido, con la segunda vista se desarticula y se reorganiza y me aparece otro.

El déja-vù como estructura
Como toda obra sustentada en las variaciones, la estructura fractal permite que incluso un personaje explique o insinúe cómo está siendo operada la estructura mayor del conjunto, en una pequeña escena que se repite, con su explicación. Se dice que un déja-vù, ese fenómeno psíquico por el cual tenemos la fuerte sensación de haber vivido un momento, proviene de un desfasaje del tiempo/espacio a nivel impulsos eléctricos del sistema nervioso central: el lapso que tarda una percepción en ser decodificada se disloca; el cerebro codifica la percepción antes de recibirla, asume sin saber que lo que está por percibir ya lo percibió. La inversión de la temporalidad causal (las causas no necesariamente estarían antes que las consecuencias), la dislocación del espacio y la caída de las certezas científicas en actos de mera fe son, en el fondo, un microcosmos de milésimas de segundo desplegados en tres horas diez minutos de gran teatro.

Bonus track (por tres)

El Teatro Nacional
El riego de spoilear la obra me detiene aquí en las reflexiones. Ciertamente, tres horas de espectáculo teatral no pueden caber en un post de dos carillas. Mejor así. No obstante, tiro tres bonus tracks y medio, celebrando.

El primero dice: ningún otro teatro en la  actualidad porteña (que es la que conozco, teatralmente hablando), puede contener y ofrecer La Terquedad. El teatro comercial, por obvias razones de costo/beneficio. Para armar un elenco inmenso con una escenografía enorme y un despliegue de tres horas de teatro de texto hay que remontarse, y con mucha dificultad, a Agosto, aquella producción de 2009 reseñada en este blog (http://la-diosablanca.blogspot.com.ar/2009/05/sobre-agosto-de-tracy-letts.html) que, como todas las producciones comerciales de cierto riesgo, necesitó primero tener la garantía de un “éxito” de taquilla americano, europeo, y jugar con esa sucursalización.

El teatro alternativo de pequeño formato tampoco podría contenerlo, aunque sería más probable, y tal vez alguna vez lo haga (siento que una versión de cámara, palabra por palabra, de esta Terquedad, será un buen homenaje).

Y el teatro oficial, finalmente…
Nueve años de administración anti-cultura lograron destruir el emblema de nuestro circuito oficial: el Teatro San Martín, y por extensión, el enorme Complejo Teatral de la Ciudad. Que en paz descanse, y que alguna vez resucite de estas cenizas.
Gracias, por lo tanto, al querido Teatro Nacional Cervantes, por sostenerse durante años, y por jugarse a renovar así, con todo el riesgo y la pasión, este derecho a la cultura.

Segundo bonus.

Solemnes y Gobernori
La instalación de lo que llamaríamos “la trama”, o la primera trama, su prehistoria, sus personajes, le lleva a La Terquedad unos, digamos, cuarenta esforzados minutos. Sabemos de quién se trata y nos preguntamos, en cierto momento, dónde está el Rafa de Spam, de Apátrida y de Todo. Todo el peso de una instalación retórica, histórica, alusiva, parece hacer ruido, y preguntas. Y entonces, casi como en homenaje al ciclo de lo prohibido, cuyo mal es “lo solemne”, entra Santiago y rompe el molde. El ruso se entrevera con el valenciano y la alocada fascinación de la lingüística pone de pie al viejo Esperanto vs el novedoso Katak, en un nuevo round spamódico de esa lucha que lleva décadas, y que esperamos que nunca se agote.

Y en el minuto veinte Gamboa sale a la cancha
Dada la destrucción de los grandes espacios teatrales del circuito público (la Martín Coronado, la Casacuberta, el Alvear), y dada la abundancia resistente del teatro de pequeño formato que durante los últimos veinte años produjo lo mejor de la teatralidad de esta ciudad, nuestros magníficos actores juegan de “visitantes” en el gran espacio de la María Guerrero. Habitar sus dimensiones y sus expectativas, convivir con sus fantasmas, es ya una operación política. Como tal, celebramos el esfuerzo. Sus resultados se verán con el tiempo. Así y todo se destacan Velázquez, Garrote, Raiola, Rotaveria. Pero ver a Pilar Gamboa, actriz de cuerpo menudo, de enorme precisión y vocecita chillona, desplegar tal potencia en todos sus detalles, permite el gozoso disfrute del optimismo.  


El mundo hindú y la turbulencia
Un médico ayurvédico al que consulto, ducho en tradiciones orientales, me deslizó la idea de que la completa/compleja causalidad de los acontecimientos de mi vida (de cualquier vida, digamos) es inabarcable para nuestra parte racional. Sencillamente, no tenemos ni podemos tener toda la información necesaria; y si en una hipótesis casi infinita, la tuviéramos, no podríamos procesarla.

Spregelburd, autor excesivo, toma una hora de un día del final de una guerra y la abre, reiterándola y variándola, en tres ambientes de la casa: el patio, el sala, la habitación. El final del recorrido es irracional: las muertes no tienen sentido, no sólo porque nadie puede enunciarlo, sino porque la causalidad ya ha estallado.
Y sin embargo se mueve.

Larga vida a La Terquedad. 

4 comentarios:

Susana Anaine dijo...

Brillante comentario, Apolo. Desmenuza, desintegra y rearma la obra sin spoilearla. No sé qué esperan los medios para tenerte en sus secciones de espectáculos.

Rafael Spregelburd dijo...

Querido Apolo: Leo con enorme placer tus elucubraciones. Echan luz donde hay demasiada sombra y sombrean allí donde la luz ciega demasiado. Gracias por acompañarnos en esta obra que nos ha llevado tanto tiempo, tanta vida y tantas expectativas.

Drucky dijo...

Ignacio Apolo, una vez más, una nota impresionante. Sobre una obra impresionante, es cierto.

Beatriz Pustilnik dijo...

Maravilloso análisis para maravillosa obra. Chapeau x 2, quedé anonadada. Bea Pustilnik.