martes, 28 de julio de 2009

Sobre MÁS ALLÁ DE ESTOCOLMO, de Juan José Feliú

El jueves fui a ver MÁS ALLÁ DE ESTOCOLMO, de Juan José Feliú, al Tadrón Teatro (Niceto Vega 4802 esq. Armenia; jueves 21.30 hs)

El Síndrome de Estocolmo
El 23 de agosto de 1973, el ex presidiario Jan Erik Olsson irrumpió en el Kreditbanken de Estocolmo, Suecia, hiriendo a uno de los policías de guardia y obligando al otro a “sentarse y cantar”; acto seguido, tomó cuatro rehenes y exigió tres millones de coronas suecas, dos revólveres, chalecos antibalas, cascos, un vehículo y que se llamara a su amigo Clark Olofsson…

Olsson y Olofsson prolongaron la toma de rehenes en la bóveda del banco durante seis días, al final de los cuales la policía logró que se rindieran sin registrar heridos. El hecho no sería recordado si no fuera por este detalle: durante la entrega, las cámaras periodísticas captaron el momento en que una de las víctimas, Kristin Ehnemark, besaba a uno de los captores. Los secuestrados, posteriormente, defendieron a sus secuestradores y se negaron a colaborar en el proceso legal. A raíz de este hecho, el criminólogo Nils Bejerot acuñó el término “síndrome de Estocolmo” para referirse a la relación de complicidad patológica que una víctima de secuestro desarrolla con su secuestrador.

Portate bien, Trompita
El Síndrome de Estocolmo es una respuesta psicológica que adquiere la forma –más amplia– de “lealtad a un abusador más poderoso”. La empatía con el abusador es común no sólo en los secuestrados, sino en las víctimas de violencia doméstica –mujeres golpeadas, niños abusados–, donde es frecuente que las víctimas elijan permanecer leales a los abusadores aún cuando se les ofrezca hogares adoptivos o alternativas seguras.

La relación de identificación con el abusador llega a tal extremo que algunas víctimas terminan por sentir gratitud hacia los autores del delito: los rehenes pueden agradecer el manejo de la situación a los captores, la mujer violada a punta de pistola puede agradecer que el violador no la haya golpeado (mucho) ni matado, la parturienta infantilizada con hormonas sintéticas y drogas que le permiten “portarse bien” durante la operación-parto puede agradecer al obstetra apresurado haberle “sacado” al bebé sanito; antropológicamente, la “novia robada” solía enamorarse de su captor.

En la base de estas historias, la impresión de lo infantil quema: el niño pequeño, bajo la violencia física o sutil de los adultos, aprende que uno de los padres está enojado y sufre por ello. Para tranquilizarlo, desvanece los comportamientos “malos” y, como prueba contraria, aprende a “portarse bien”: deja de llorar, duerme solo toda la noche en la oscuridad sin molestar[1].

El método es capilar, pasa inadvertido, canturrea su canción de cuna, responde con violencia al llamado del cachorro:

Yo tengo un elefante
que se llama Trompita
que mueve las orejas
llamando a su mamita.
Y la mamá le dice:
portate bien, Trompita,
si no te voy a dar
un “chas chás” en la colita.


Síntesis argumental
En un reducido espacio con catre, mesita, estufa, calentador y retrete, María permanece prisionera, sin motivo explícito, al cuidado de Carlos. Adentro, un grillete con cadena en el tobillo. Afuera, un perro amistoso que María conoce sin haber visto jamás. Los años pasan. El síndrome crece. Lo violento y lo afectivo se confunden, el sinsentido crece hasta la consumación final.

El más allá
Hasta donde yo sé, dos obras actualmente en cartel tocan el tema de la relación afectiva entre secuestradores y secuestrados: la presente Más allá de Estocolmo, y Estocolmo, de Pablo Albarello con dirección de Daniel Marcove, en el Teatro del Pueblo. La idea de un vínculo de agradecimiento, empatía, complicidad de la víctima con el victimario es una estricta paradoja y, por lo tanto, un campo fértil para la perplejidad filosófica y la imaginación productiva. En el caso de la obra de Feliú, el caso-secuestro no discurre por el territorio periodístico –en el que abundan Hollywood, CNN y, tal vez, la realidad– sino por un territorio más metafísico, si se quiere: “más allá” de Estocolmo no hay motivos para la captura, o tal vez cualquier motivo es válido, todos los motivos y por lo tanto ninguno. Se habla en cierto momento del pago de un rescate, tiempo atrás –tiempo computado en años–, que sin embargo no condujo ni a la muerte ni a la liberación. Liberación o muerte, como dos puntas de un arco en tensión, con resonancias de consigna revolucionaria, se añejan, se aflojan, se licúan. Entre medio de ambas hay un kafkiano guardián del tiempo infinito, o más bien (al menos en este caso) un beckettiano patrón invisible, fatídico y presente en la terrible ausencia.

La antigua metáfora que persiste
Afuera de la celda hay un perro amigable que sirve, como en los juegos narrativos de Vladimiro y Estragón, para contar una y otra vez la misma historia –cómo llegó a nosotros–, una historia inofensiva que oculta ostensiblemente la otra historia, ominosa –cómo llegamos nosotros acá–.
Afuera, pero no fuera de la celda sino quizás fuera de la historia, un patrón que es un Jefe, es una Voz. Es el Dios implicado en el vocablo inglés con desinencia francesa God/ot. Los recursos son tradicionalmente los mismos –si es posible hablar de una tradición de menos de un siglo de historia–: alguien está en el más allá (de la escena, del presente, de la historia) pero rige inexorablemente el tiempo (presente) de la espera de la nada. Morir o partir es condenar al otro a la soledad y a la impotencia. Vivir es permanecer.

Hay una tradición más antigua para eso. La vida como un instante, un parpadeo entre dos momentos desconocidos. Está (quizá) registrada en una referencia escrita por un monje irlandés, un celta recientemente convertido, o en cierta tradición oriental, o en ambas, o en ninguna. La vida es el lapso de tiempo inmotivado entre dos instancias desconocidas. Un pájaro en una noche tormentosa entra por una ventana abierta a una habitación llena de luz. Un instante. Y por la ventana opuesta, vuelve a desaparecer en la noche.

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[1] Es habitual que las autoridades de la salud y la crianza alienten a los padres a dejar llorando a los bebés en sus cunas y no alzarlos ni confortarlos, para que “aprendan” a dormir solos (“es un manejo”, llegan a decir, refiriéndose a una criatura que no tiene estructura psicológica para semejante proceso). Un célebre libro de ayuda a los padres describe un infalible método de abandono paulatino que garantiza el sueño continuo de los bebitos durante toda la noche. Estocolmo, la golpeada fiel, la víctima agradecida, dan cuenta de que el método funciona.

1 comentario:

Kadorna´s Lounge dijo...

Gracias por esta reseña que es una obra en si misma.
Abrazo desde el sur!