martes, 24 de junio de 2008

Sobre Mujeres en el Baño, de Mariela Asensio

El sábado pasado fuimos con Carolina a ver "Mujeres en el Baño" (ya) al teatro Picadilly -es decir, ya perpetrado su salto expansivo de una sala alternativa a una de la calle Corrientes. Muchas, muchas cosas, me gustaban del espectáculo en la previa, a saber -y una de ellas es que haya saltado por prepotencia de trabajo, por mérito teatral, a otra escala de producción. Me gustaba también la estética del afiche, el título, el rum rum de comentarios. Al llegar, me gustó el programa de mano y me gustó -mucho- la promesa de su texto: seis manifiestos desbocados acerca de la belleza, el amor, la alimentación, la pérdida, la obsesión, el deseo y el sexo... El baño como refugio deviene (distintas cosas). Historias humanas contadas por mujeres. En el baño. Y, finalmente, me gustó (y mucho) el arranque del espectáculo: una de las chicas -y luego dos, y luego tres, y luego más y más- recitando desaforadamente todas las pequeñas y grandes cosas que las mujeres hacen en el baño (desde depilarse y cagar hasta cantar canciones, vomitar o mirarse al espejo). Acto seguido, y como extraído directamente de un -o mejor dicho, de dos contradictorios artículos de consejos sobre sexualidad feminina en Cosmopolitan, las chicas hacen un desopilante cuadro sobre técnicas de masturbación que, sin perder jamás la verosimilitud de estilo (y de evocación de "lo real") devela, desnuda, expone magistralemente la intrínseca complejidad, la espesa capa milenaria de tabúes, la cuasi-imposibilidad (física, corporal, imaginaria, simbólica) de alcanzar un ideal sexual femenino: el varón pajero es simple, es claro. La masturbación femenina es, en cambio, o bien lo que jamás existió en la historia, o un contracturante acto de atletismo cosmo.

Me acomodo en la platea. Me digo: esto empieza bien, y va por más. Y espero.
Y espero.
Y espero muchos minutos más. Le doy changüí.
Y de pronto me encuentro sintiendo, pensando... Pero si esto había empezado muy bien. Pero si esto me gustaba un montón. Pero si esto era filoso y filosófico.

Voy a rescatar de cierta certera decepción dos, tres escenas más. Una es la curiosísima escena de la cumbia. Una de las chicas se viste con una especie de bata o camisola que me hacía pensar en la Tota Santillán y, al mejor ritmo de cumbia mala, hace el gesto-villa del macho que te emboca, mientras las demás van turnándose, deprimidas o, mejor dicho, resignadas al sufirmiento, y le bailan un pasito semierótico antes de retirarse de escena. Caro me preguntó al terminar la obra: ¿Y esa escena qué era y qué tenía que ver con nada? No sé, pero por algún motivo me pareció buena, interesante, como una proto idea de otra obra, que contaba otra cosa (y que esa cosa daba ganas de ser vista). Y, por supuesto, la doble des-realización, deconstrucción del "diálogo" erótico entre el varón que la está poniendo y la mina con la que coge. Por supuesto (y ahora insisto, porque el espectáculo insistió): él acaba y ella no.

Lo demás (y quizá eso mismo) no me parece que haya estado a la altura de la maravillosa promesa, tan explícita por otra parte: estas somos las minas en el baño.
El espectáculo abunda en canciones y coreografías, pero no es un espectáculo de El Descueve ni un verdadero recital de Madonna. Qué quiero decir, ¿estoy criticando la parodia? No, pero no de ninguna manera todas las coreografías son paródicas, solo algunas. Otras pretenden alcanzar una energía explosiva y expresiva que no llega. Y si bien la (otra vez, multiplicada por dos, redoblada y, tal vez, redundante) Isla Bonita de Madonna al ritmo ralentado del charango es un hallazgo estético, qué sucede con la insistencia hasta el (casi, las chicas son tan buenas que siempre flotan bastante por encima del) casi embole de la canción como recurso. En alguna se rescata la capacidad vocal (el solo con teclado, algún dúo), pero el tema (y los temas) comienzan y terminan por ser insistentes, enfáticos, y uno no termina de saber sobre y qué y por qué insisten. Carolina, en medio de función, arrojó una hipótesis que me divirtió y me hizo pensar: tal vez todas las chicas en el baño soñamos con ser cantantes. Pensé: las chicas en el baño soñamos -la perfección, la seducción, la deidad. Las diosas que cantan y bailan al palo. La fantasía. Ok. Pero no puede ser lo único. La promesa era otra. Había una promesa y era...

Lo sé. Se supondría que yo no soy el público. Falso. Decir que un asunto de minas no es para todo público es una bobada. Una de las mejores escenas (de otra obra) es el cuento de la mujer que menstrúa por la boca. Para todo público, indudablemente. Y de otra obra -de sopetón aparece un mundo fantástico en una obra que pretende ser una serie de insights de inmediata identificación sobre las minas en el baño.

Y el ventilador. Ok, la gente se ríe, un rato. Una chica dejada por su pareja reclama hasta el límite de la obsesión y el hartazgo que (él) le devuelva el ventilador. Expone monologando una teoría sobre la importantecia del ventilador, canta una canción, reclama el ventilador toda la obra, impele al resto a organizar un petitorio. Pero sucede algo que me hubiera gustado que no sucediera, porque todas las condiciones están dadas (talento, conocimiento, teatralidad) para que sucediera lo contrario: sucede un "¿a cuento de qué viene el ventilador? ¿No hubiera funcionado -mejor, o funcionado a secas- alguna (o cualquier) otra cosa?" A ver, porque entiendo que pueda sonar a "si no te gusta, chabón, hacé tu propia obra": si se trata de Mujeres En El Baño, mujeres (cito el programa) "desesperadas, poéticas, irónicas, enojadas y perdidamente enamoradas", elaborando manifiestos sobre la pérdida y la obsesión, en el baño (donde, en la obra, sólo se depilan y cantan -nadie hace caca, pis, se cambia un tampón o sencillamente se mira al espejo y, a la hora de vomitar, se van al bañito de atrás, claro...). Decía: la obsesión y la pérdida, y un objeto que bien se sabe, puede ser cualquiera, pero que nunca es cualquiera. La propiedad escénica hace que todo objeto en el escenario se semiotice. Todo objeto en escena deviene signo. El inodoro, la planchita, el cepillo de dientes, el pervinox, el desodorante, la cera, la toalla, el espejito, la crema de enjuague, el labial, su foto, mi foto, la estufita del invierno... No sé.

No sé.
Es cierto que los hombres no entienden nada, que no se fijan, que quieren que la mina "se venga" y la llaman "putita" pensando siempre en otra, no en la que está allí; es cierto que los varones cogen solos. Y acaban solos. La obra termina así: se duplica (en off) el diálogo erótico de una pareja cogiendo hasta que el varón acaba. La chica dice "acabó". Él. Yo-no. Pero esta no era una obra sobre varones. No era sobre el varón o su ausencia. No era sobre eso. No.

3 comentarios:

María Bayer dijo...

Apolo,
me gustó mucho la crítica que le hacés a la obra. También me gusta mucho el estilo del blog. Espero nos encontremos alguna vez en algún teatro. Besos a Caro y la bella Luna.
Celia.

Anónimo dijo...

me gusto el comentario. justamente fui a ver la obra hace un par de dias y coincido en bastante de lo que dice la critica. para mi lo que le falto o mejor dicho lo que para mi se prometio desde un principio y no se logro hacer, es:
realizar, actuar, mostrar, exponer, desarrollar cada una de las cosas que hacen las minas en el baño que son nombradas en el primer monologo. justamente para mi gusto la mejor escena, ya que en el mismo se encierra el titulo de la obra y son justamente las cosas que nosotras, las mujeres, hacemos.

piensojuegoexisto dijo...

Acabo de leer este comentario lleno de promesas sobre una obra que no vi sin poder evitar pensar en mi primer ejercicio de monólogo en tu seminario del año pasado, situado justamente en un baño público.