miércoles, 16 de septiembre de 2009

Sobre EL ÚLTIMO FUEGO, de Dea Loher

El sábado fui a ver EL ÚLTIMO FUEGO, de Dea Loher –dir Ana Alvarado–, al Espacio Callejón (Humahuaca 3759) Sábados 23 hs.

La consumación por el fuego
En las antiguas y remotas mitologías de los germanos y también de los pueblos del Indostán, el mundo provenía y a la vez se dirigía hacia una consumación destructora. De la destrucción a la regeneración. De la consumación por el fuego, en cuyo poder abrasador el universo se consumía, a la desértica planicie purificada sobre la cual volvían a aletear las formas de los dioses.

El pensamiento mitológico, como todo pensamiento mágico, exacerba la causalidad: si todo tiene un destino, entonces todo tiene una causa. Lo que existe, existe en un “todo” no azaroso; la totalidad prescinde de lo arbitrario. En estas cosmogonías, el “último fuego” es el de la consumación, lo que implica que todo va hacia algo, y por lo tanto proviene de algo. No se trata de un deambular azaroso. Un niño muerto en un accidente, que se vincula con la investigación de un atentado terrorista, que se vincula con la llegada de un “forastero” que no es culpable, pero que se extirpa la yema de los dedos y que arderá (el espectador me perdone este anticipo de la trama) en el fuego, eterno o cíclico, y cuyas mutilaciones se yuxtaponen sin causa aparente a los de una mujer amputada, frente a cuya casa una vieja con Alzheimer vagabundea y es cuidada por la esposa de un futuro desaparecido (desaparecido en el bosque, como Hansel y como Gretel)… La concatenación de hechos y personajes continúa. Su enumeración (incompleta) tiene lógica, visible o no: la lógica mágica de un autor absoluto por quien la obra de Dea Loher, sin nombrarlo –o quizás nombrándolo una vez, en el vestigio de una lágrima– se pregunta todo el tiempo…

Dios, que reclama al primogénito.

Los hijos muertos, Virgen de los Pecadores
La muerte de los hijos es siempre un absurdo. El niño, símbolo por excelencia de lo inocente y lo indefenso, es el bien más preciado de todo grupo humano, de quien recibe protección, alimento y formación; en sus niños la humanidad se juega la conservación de la vida y la reproducción de la especie. Por eso, lo irracional de la muerte programática de los niños sólo puede encontrar sentido en el pensamiento mágico: el mito, la religión.

Contemplar en un museo salteño las momias del Llullaillaco –niños sacrificados por los incas, cuyos cuerpos fueron hallados intactos en santuarios de alta montaña– sólo nos puede llenar de horror, y de una sensación de incomprensión cultural, si olvidamos nuestros propios mitos filicidas y nuestros terribles mandatos religiosos: la hija Ifigenia, sacrificada en ritual propiciatorio para las aventuras y las guerras; el Dios de los Hebreos reclamándole a Abraham la vida de su hijo Isaac, la matanza bíblica perpetrada por Dios sobre los primogénitos de Egipto y, finalmente, el propio Jesucristo –el gran Hijo sacrificado–, gritando desde ese terrible cadalso que su Iglesia luego adorará: “¿Padre, Padre, por qué me has abandonado?”

En la el reportaje publicado hoy en Página 12 (entrevista a cargo de Cecilia Hopkins), la directora Ana Alvarado sostiene: “Estos personajes nos interpelan y nos cuentan que sus vidas no son nada. Son el resultado del descuido social, al igual que nuestros chicos adictos y asesinos, producto del mismo abandono” (para leer la entrevista, click aquí)

No puedo dejar de ir a ver esta obra. El último fuego vuelve a hablar de lo que hablamos, del ritual secreto de nuestras sociedades: de MATAR A LOS HIJOS, sacrificarlos. (Para leer el artículo sobre Matar a los hijos[i] en este blog, click aquí).

Y cuando hablo matar en un rito “nuestro”, hablo del país y de sus secretos a voces, de lo que a fuerza de no mirar pretendemos que no está allí. Si una autora alemana escribe esta desolación –inspirada quizás, sólo quizás, por el margen abandonado de su central prosperidad, y por la histórica responsabilidad (¿culpa?) a que esto los somete–, tal vez la Argentina del Bicentenario esté más que obligada a reflexionar sobre sí misma y sobre sus hijos muertos: nuestra historia tiene signos mucho más claros (tal vez) de esa desprotección y esa violencia… –la gran imagen de “los chicos de la guerra”, sacrificados por la Junta en Malvinas –muchos de ellos, torturados previamente por sus superiores (en cierto sentido, sus padres protectores)–, mientras los otros niños más pequeños, les escribíamos cartas y les enviábamos chocolates; o pocos años antes, las mismas autoridades ordenando la desaparición forzada de estudiantes y organizado el plan sistemático de apropiación de menores. O bien: sin viajar en la historia veinte o cuarenta años (o cien, hasta el icónico sacrificio de “Dominguito” Sarmiento en la Guerra del Paraguay), sino sólo hasta el fin de siglo, o el fin de semana:
la imagen más desgarradora de la crisis política y económica de 2001: los niños desnutridos de Tucumán;
la actual: los niños que se prostituyen (hoy) en el Mercado Central.

Síntesis Argumental
En la desolación de una calle rota de los suburbios, un niño muere atropellado en una persecusión policial. El niño jugaba a la pelota. ¿Alemania? ¿Brasil? ¿Argentina? El niño muere en la calle. Entre policías, delincuentes, policías delincuentes, adictos en rehabilitación. Terroristas. Forasteros. En la calle. En nuestra nueva, última frontera.

and A Rose For Emily
Con una inolvidable voz plural, Willam Faulkner escribe y publica en 1930 su relato Una rosa para Emiliy, en el que se narra elípticamente el misterio que rodea (más como condición atmosférica que como el acecho de una presa) un crimen a lo largo del tiempo.

La voz es plural. Es un “nosotros” que parece ser testigo de las pistas y las suposiciones –y al final de las décadas, de las revelaciones–. El tiempo (tema central del relato) excede la posible vida personal de cualquier integrante del “nosotros” que, no obstante, no pierde su condición de persona. Es lo que nosotros (un pueblo, un país, una historia) podemos narrar.

O lo que no podemos narrar.

Hallazgo de la escritora Dea Loher en El último fuego, y finamente interpretado y puesto por la directora Ana Alvarado, los acontecimientos de la obra son narrados por un nosotros personal que se extiende más allá de las personas y del tiempo biográfico que estas pueden abarcar.

Lo que subsiste no es tan solo el relato; es, sobre todas las cosas, sus interrogantes.

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[i] Reseña de Rosa Mística, actualmente en cartel: jueves 21 hs, Ciudad Cultural Konex

2 comentarios:

Carlos dijo...

Me interesó mucho el tema de las Momias de Llullillaco. Fue un halazgo sin precedentes. Tenía muchas ganas de viajar a Salta para conocerlas y encontré este concurso que quería compartirlo con ustedes: http://www.natgeo.tv/especiales/ninos-momia/ El premio es el viaje a Salta para dos personas y poder visitar estas momias maravillosas

Alan Robinson dijo...

Creo que el pensamiento magico se relaciona mas con el animismo y el mito que con la religión. Me parece que la idea de religión se ajusta mas a las tradiciones judeo-cristiana-musulmanas; y por otra parte la idea de tradición a las culturas afro-americanas-orientales.
Saludos!